La sociedad actual nos ha venido subyugando al consumo de cosas que atan y nublan; hasta el punto de que, en muchas ocasiones llegamos a poner nuestra felicidad en lo puramente material. Entendemos que solo satisfaciendo las necesidades materiales o regalando cosas es que se puede llegar a ser feliz o hacer feliz a otros.
En estos días envueltos en luces, ruidos, prisas y el cierre de gastos navideños, son ejemplos latentes de ese vivir superficial que deslumbra y desvela un modelo basado en la generación de necesidades compulsivas y caprichosas que permiten un sobreconsumo desbordado que solo satisface y deleita los sentidos de manera fugaz. Ese tipo de vida banal nos convierte en incapaces de reconocer que existen bellezas, instantes, verdades y regocijos mucho más profundos que todo aquello a lo que a diario corremos detrás en búsqueda de placer o tener.
Por tanto, es oportuno aprovechar la tradición de la Epifanía del Señor para ir más allá de la simple entrega de regalos materiales. Estamos conscientes de las expectativas que se da en nuestro derredor de poder recibir obsequios, no estamos insinuando que sea algo malo celebrarlo; ni tampoco pretendemos que este escrito sea una mera apología contra del despilfarro y el consumismo, con la intención expresa de deslucir los Reyes Magos.
No intentamos privarte de brindar regalos, pues se entiende que culturalmente es una forma de expresar aprecio por los demás. Esa no es la idea. Aunque tampoco podemos obviar que en la sociedad de hoy se enseña a los individuos a ser consumistas prácticamente desde que nacen, dado que se quiere asociar el afecto con mercancías, a que los corazones estén excesivamente ligados a las cosas que, a la dignidad de la persona, a pretender que un obsequio costoso sustituya una carencia emocional, o simplemente a devorar productos sin llegar a disfrutar de ellos,
Lo que sí procuramos, es que, al momento de regalar, estemos conscientes de que esas cosas se recibirán y pasarán como un suspiro; y que nuestro empeño no solamente debemos supeditar todo al consumo de lo material, ya que, en la mayoría de los casos, esas mercancías no dejarán huellas duraderas. Entender que la verdadera satisfacción está en lo trascendente y no en lo efímero.
Los Reyes Magos nos brindan una enseñanza valiosa y oportuna para este ciclo de vida, ya que la magia de esta tradición no solo se limita solo a los obsequios materiales; sino también a la necesidad de mantenernos en actitud de búsqueda hacia lo trascendente, siguiendo la estrella de Belén, la cual nos pone en la actitud de ser peregrinos activos e incansables hasta alcanzar esos tesoros espirituales, más allá de los caminos inciertos, desconocidos, hostiles y oscuros.
Ese viaje imaginario podría ser hacia dentro o fuera de nosotros, y los Reyes Magos nos enseñan precisamente a no tener miedo de cuestionar nuestras certezas y conclusiones, porque un verdadero peregrino sabe aceptar los errores y ponerse en marcha de nuevo. Con ellos se aprende a no rendirnos al cansancio, y seguir caminando. Porque sólo quien busca encuentra, solo quien camina llega a la meta.
Por consiguiente, queremos significar que el verdadero valor del ¨Dia de los Reyes Magos¨ al margen de lo comercial, reside en obsequiar regalos que se puedan perdurar en la bóveda del alma. Aquellos bienes que transforman y embellecen el interior; que nos ayudan a mantener una actitud comprensiva y ser mucho más agradecidos.
Que nos instruyen a respetar a las otras personas, su tiempo y sus puntos de vista; a ser prudentes, bien educados, tolerantes y a tener fe. A también esforzarnos por ser un buen ejemplo, a saber, apreciar la vida; a sentir la alegría de dar y compartir, a gozar de la libertad de ser uno mismo, alejado de las ambiciones desmedidas.
En fin, a iluminar a los demás con gestos de amor, perdón, reconciliación, generosidad, solidaridad y esperanza. Recordemos que no se trata de cuánto demos, sino de cuánto amor ponemos en lo que damos.
ANGEL GOMERA
Abogado
Santo Domingo de Guzmán