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  • Por: Arelis García López
  • miércoles 25 febrero, 2026

El espectáculo que nos distrae mientras el país nos necesita

Hay momentos en la vida de una nación en los que el silencio reflexivo vale más que mil discusiones. Sin embargo, vivimos tiempos donde el ruido domina la agenda pública y la emoción sustituye al análisis.

La República Dominicana atraviesa desafíos estructurales que afectan directamente la calidad de vida de todos sus ciudadanos: el desorden vial que se ha normalizado hasta volverse parte del paisaje; la débil cultura de cumplimiento de normas comunitarias; el uso cuestionable de los recursos del Estado; y el creciente endeudamiento público que compromete no solo el presente, sino también el futuro de las próximas generaciones.

Pero mientras estos temas exigen vigilancia, participación y conciencia colectiva, la conversación nacional se concentra en controversias mediáticas que dividen, apasionan y entretienen.

Hace apenas semanas, el debate público giraba en torno a las declaraciones de Luisín Jiménez sobre el edadismo, enfrentándose a comunicadoras que hoy transitan con dignidad la llamada “edad de oro de la madurez”. La discusión se centró en si la edad puede o no convertirse en limitante al momento de elegir pareja.

Poco después, la atención cambió de escenario y se trasladó al intercambio entre Nuria Piera y el José Fadul, generando nuevamente la pregunta colectiva: ¿quién tiene la razón?

Y mientras discutimos quién gana el debate, ¿quién pierde el país?No se trata de minimizar la importancia del debate público ni de restringir la libertad de expresión. Todo lo contrario. Una democracia saludable necesita diálogo, cuestionamientos y diversidad de pensamiento. Sin embargo, cuando el debate se convierte en espectáculo permanente y la indignación sustituye la reflexión, algo más profundo está ocurriendo.

Históricamente, a los pueblos se les ha mantenido tranquilos a través del entretenimiento. El viejo refrán decía que “al pueblo se le ponía un bobo y eso callaba y consolaba”. Hoy la dinámica parece más sofisticada: no se trata de un solo distractor, sino de una cadena constante de controversias que actúan como un “tapón en la boca”, impidiendo que respiremos conciencia crítica.
Mientras nos dividimos en bandos digitales, el desorden vial continúa cobrando víctimas. Mientras discutimos edades y posturas personales, los recursos públicos siguen ejecutándose con escasa supervisión ciudadana. Mientras elegimos “ganadores” en enfrentamientos mediáticos, la deuda pública sigue creciendo, comprometiendo la estabilidad económica de nuestros hijos y nietos.

El problema no es debatir. El problema es perder el foco.Nos hemos acostumbrado a jugar a tener la razón. Y en ese juego, muchos están dispuestos a sacrificar la prudencia, la verdad y hasta la paz social con tal de imponerse en la conversación. Pero la verdad no siempre grita. La verdad exige estudio, datos, análisis y responsabilidad colectiva.

Una sociedad madura no se define por la intensidad de sus discusiones, sino por la profundidad de sus prioridades.

Cuando la agenda pública se llena de controversias personales y vacíos emocionales, los temas estructurales se diluyen. Y cuando los ciudadanos dejan de fiscalizar, de preguntar, de exigir transparencia y orden, el costo lo paga toda la nación.

Este editorial no es un llamado al silencio; es un llamado a la conciencia.
No es una invitación a ignorar los debates sociales, sino a jerarquizarlos.
No es una postura contra personas específicas, sino una reflexión sobre el modelo de conversación que estamos validando.

La República Dominicana necesita ciudadanos críticos, no espectadores permanentes.Necesita participación informada, no entretenimiento político.
Necesita madurez social, no distracciones continuas.
Dominicano, despierta.
Levántate y anda.

Porque mientras discutimos quién tiene la razón, el tiempo avanza. Y las decisiones que hoy no cuestionamos serán las consecuencias que mañana tendremos que enfrentar.

La verdadera transformación nacional comienza cuando dejamos de entretenernos con lo superficial y asumimos, con responsabilidad, lo esencial.

Por Arelis García López
Educadora · Terapeuta Familiar
Directora de GARLOP EDUCATION WORLD

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