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  • Por: Alejandro Santos
  • martes 27 enero, 2026

Canadá frente al desafío de romper su dependencia estadounidense

La relación entre Estados Unidos y Canadá se ha ido tornando más compleja, en la medida en que la administración del presidente Trump continúa presionando con la aplicación de tasas arancelarias que restringen los acuerdos de libre comercio entre ambos países.

Con una larga tradición de políticas de integración y cooperación, ambas naciones han logrado establecer una relación sólida, que se expresa ampliamente en los campos de la diplomacia y la geopolítica.

Canadá ha venido apoyando a Estados Unidos prácticamente en todos los escenarios de confrontación y de ampliación del dominio mundial, lo que ha contribuido a que los estadounidenses se consoliden como la primera potencia global.

Se trata de dos países con una gran alianza histórica y una relación estrecha, sustentada en culturas y valores muy similares.

En 1989 firmaron el Acuerdo de Libre Comercio Canadá–Estados Unidos (CUSFTA), mediante el cual se eliminó progresivamente la mayoría de los aranceles entre ambos países.

Este acuerdo sentó las bases para una integración económica mucho más estrecha.

Posteriormente, con el avance de las ideas de globalización que impulsaban el aumento del comercio mundial, en 1994 Canadá, Estados Unidos y México firmaron el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (NAFTA).

Con este acuerdo se pretendía la formación de una zona continental de libre comercio, eliminando aranceles y promoviendo las inversiones.

El intercambio comercial se expandió significativamente, lo que a su vez provocó una mayor dependencia de los flujos de bienes e inversiones entre los tres países.

Sin embargo la alianza histórica entre Canadá y Estados Unidos comenzó a fragmentarse en el 2019.

Durante la primera administración del presidente Trump se creó un clima orientado a forzar la modificación del NAFTA. En ese contexto, se impuso un arancel del 25 % al acero y del 10 % al aluminio canadiense.

Para doblegar a Canadá, primero se llevaron a cabo negociaciones con México, para luego forzar a los canadienses a adherirse al nuevo acuerdo.

Así surgió el Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC), firmado el 1 de julio de 2020. En el fondo, la intención de este nuevo acuerdo fue reducir los beneficios o ventajas que el NAFTA otorgaba a México y Canadá, y que, según la administración Trump, habían provocado pérdidas de empleo en los Estados Unidos.

Como se puede apreciar, la iniciativa de modificar las relaciones económicas entre Estados Unidos y Canadá ha venido arrastrando tensiones crecientes, que se han trasladado también al terreno político y diplomático.

Recientemente, en Davos 2026, durante el Foro Económico Mundial, el primer ministro de Canadá, Mark Carney, realizó varios señalamientos críticos hacia los Estados Unidos, haciendo énfasis en la ruptura del orden internacional, donde se están quebrantando las reglas y prevalecen las medidas unilaterales por encima de la cooperación multilateral.

En una clara alusión a la administración Trump, señaló el uso de los aranceles como un arma para doblegar a otros países y aumentar su control.

En este contexto, el primer ministro canadiense hizo un llamado a la unidad de los países de potencia media, con el objetivo de impedir que las grandes potencias los coloquen en el “menú” de sus intereses arbitrarios.

Carney dejó claramente establecido que Canadá debe construir su propio futuro con una mayor independencia de los Estados Unidos.

En el marco de la reducción de su dependencia histórica de los Estados Unidos, Canadá acaba de enviar una señal clara de que está dispuesta a avanzar hacia una política exterior y comercial más diversificada, fortaleciendo relaciones con nuevos aliados estratégicos.

La firma de un acuerdo con China marca el inicio de una postura de mayor autonomía frente a Washington. Este acuerdo, que involucra productos clave como el aceite de canola y el sector de los vehículos eléctricos, evidencia una nueva voluntad canadiense de ampliar su margen de maniobra internacional en función de sus propios intereses económicos, estratégicos y de valores.

En el horizonte se perfila una tensión creciente entre dos grandes aliados que comparten la frontera más extensa del mundo. La relación Canadá–Estados Unidos entra así en un capítulo inédito, en un contexto global caracterizado por la erosión del multilateralismo, el resurgimiento de nacionalismos económicos y la reconfiguración del poder global.

Canadá se ve obligada a redefinir su papel en un mundo cada vez más polarizado, donde las grandes potencias —Estados Unidos y China— disputan la supremacía económica y tecnológica. En este nuevo escenario, la búsqueda de mayor independencia no constituye un acto de ruptura, sino una estrategia de supervivencia y afirmación soberana frente a un orden internacional en transformación.

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