El Estado es una forma de organización política que cuenta con poder administrativo, y fuerza soberana sobre una determinada área geográfica.
Esta simple definición, no deja ver ninguna de las obligaciones de los estados con sus súbditos o con el concierto de naciones y sus organizaciones, (verbigracia: ONU, OEA).
Pero en la complejidad del tejido estructural de un estado, hay una red de órganos internos para cumplir con las obligaciones propias que le dieron origen; y las cátedras y los entendidos constitucionalistas, admiten que debe existir una continuidad de las acciones del estado, de una administración a la siguiente en cualquier tipo de sistema de gobierno.
A la luz de esta obligatoriedad, en la República Dominicana asistimos a contemplar una atipicidad en las acciones de algunos gobiernos con respeto a esa continuidad del Estado.
Hasta el 1978, el Dr. Joaquín Balaguer había gobernado el país durante 12 años, bajo un régimen férreo casi dictatorial; pero, con una clara política de desarrollo de infraestructuras públicas que, sus oponentes catalogaban, como política de varilla y cemento.
Esas políticas económicas de construcción que caracterizaron las administraciones del presidente Balaguer, no fueron continuadas por las dos administraciones que le sucedieron; interrumpiendo así, un proceso de construcciones públicas necesarias para el desenvolvimiento del país del futuro.
La década de los 80s del siglo pasado, ocupada casi en su totalidad por los gobiernos del sector liberal encabezado por el PRD, hoy PRM; se nos fue en pleitos y discusiones bizantinas; fuimos testigos y vivimos bajo la influencia de los enfrentamientos, dentro del gobierno y del mismo partido de facciones antagónicas, las llamadas tendencias políticas, con nombres de dirigentes.
Esa es la década que, por sus ejecuciones y logros económicos, se le conoce como década perdida; fue necesario que el Dr. Joaquín Balaguer volviera a gobernar, para que el país emprendiera de nuevo su marcha hacia el desarrollo.
En agosto de 1996, en su discurso de despedida al entregar el poder, el Dr. Balaguer dijo, “dejo el país, como un jet en la pista, con los motores prendidos, listo para alzar el vuelo”; y sin dudas, así fue; llegó el presidente Leonel Fernández, y puso la República Dominicana en mapa mundial y en carriles de desarrollo, pero, volvió el azar gobernante en los 80s a partir de agosto del 2000, hasta el 2004.
Con el vacío del cuatrienio encabezado por Hipólito Mejía, volvieron a reactivarse los planes progresistas; el desarrollo de obras de infraestructura, y toda una transformación del tejido económico, social y constitucional del país, ocurrió a partir de agosto del 2004, durante 8 años, hay toda una historia de transformación del Estado dominicano.
El cambio de gobierno del 2012, trajo consigo la presidencia de Danilo Medina; un Presidente que quiso poner una huella propia en la cosa pública; por ejemplo, teniendo un plan de desarrollo ferroviario en la ciudad capital, en el cual ya se habían construido y estaban en funcionamiento dos ramales exitosos, él decidió construir teleféricos e interrumpir el desarrollo del Metro capitalino.
La falta de continuidad del Estado en la visión de Danilo Medina, llegó tan lejos que tuvo la intención de subvertir el orden constitucional, modificando la Carta Magna para un tercer período.
La sustitución de Medina en el 2020, nos trajo un nuevo presidente, y una nueva ambición por un legado propio; Luis Abinader llegó con planes de amplias transformaciones, pero al final todo ha estado mal planificado y nada ha tenido el sentido grandilocuente con que se ha mercadeado a la opinión pública.
Modificó la Constitución para dejarla igual, solo para que llevara el lenguaje de sus propios redactores; y así, como si no encontrara nada que hacer, suprime órganos del Estado, creó otros innecesarios, y se pasa el tiempo de oferta en oferta, dando primeros picazos a obras que nunca se construyen.
Para ponerle la tapa al pomo, ahora su sello de presentación gubernamental son los monorrieles; una forma de no seguir los planes de desarrollo viales de las ciudades, dejados por otros gobernantes.
Para nosotros y para muchos dominicanos, la egolatría es el obstáculo que ha impedido el desarrollo integral del país; se han gastado miles y miles de millones de pesos, en caprichos presidenciales, sin seguir las lógicas de planes departamentales de sus propios gobiernos.
En definitiva, no ha habido continuidad de Estado.