En su entrega del pasado 10 de febrero de este prometedor 2026 del diario digital Proceso la joven columnista Ana Celia Castillo externa de manera conmovedora su preocupación por el derrotero que han tomado las relaciones hombre-mujer en esta denominada era posmoderna, en la que la supuesta defensa al sexo femenino por parte de las denominadas corrientes progresistas, entiéndase feminismo radical y grupos LGTEBI, le ha quitado el encanto al idilio amoroso, lo que en nada ha beneficiado a las “defendidas”.
La columnista no hace mención a la ideología de género que ha promovido los nuevos estilos de vida a los que se refiere, pero ocurre que es imposible combatir con éxito un fenómeno cuando se desconocen sus verdaderas causas. En su artículo El nuevo mundo del amor: la degradación del cortejo y el auge de los “hombres princesos” en 2026, Castillo habla de la “era digital y la renuncia masculina a la iniciativa amorosa”.
En su colaboración, la joven Ana Celia deplora con visible nostalgia que en pleno 2026, “el amor ya no se parece al de antes. No es solo que hayan cambiado el lenguaje, las aplicaciones o las reglas sociales; lo que realmente preocupa es la desaparición del cortejo, ese arte antiguo que hacía sentir a la mujer deseada, valorada y elegida”. También refiere la reciente celebración del día de San Valentín, señalando que en la actualidad, “especialmente cada 14 de febrero, muchas mujeres no celebran el amor: lo cuestionan”.
Las tempestades que hoy abruman a muchas mujeres inteligentes, fieles a la hermosa condición que le asignó la Madre Naturaleza, son productos de los vientos que se han venido sembrando desde hace décadas, con las campañas de una falsa liberación femenina y luego con las manifestaciones del “orgullo gay” y las ideologías de género que satanizan las relaciones tradicionales entre el hombre y la mujer, de manera que se imponga el estilo de vida trans, con leyes que penalizan el cortejo a las hembras por parte del varón, añorado por la joven columnista.
De la aberración que se bautiza como “hombre princeso”, surgido en el panorama sentimental posmoderno, la columnista Castillo dice que “no se trata del hombre sensible ni emocionalmente consciente”, que en su opinión “sería un avance, sino del que se esconde detrás de la pasividad del “si ella quiere, que escriba, del silencio calculado y de la falsa indiferencia”.
El denominado “hombre princeso” que señala la autora que comentamos es hechura de la aplastante campaña global en contra del auténtico comportamiento del hombre, creado para ser varón varonil y no afeminado como han querido las denominadas corrientes “progresistas”. La articulista argumenta que el interés del hombre por la mujer “se volvió vergonzoso”.
Quienes defienden el caos traído al mundo por la denominada ideología de género, promovida por ONGs y organismos internacionales, debieran prestar atención a la joven columnista Castillo cuando sostiene que durante siglos, “al hombre se le llamó caballero. No por machismo, sino porque entendía que demostrar interés era un acto de valentía. Decir “hola”, “me gustas”, “¿podemos hablar?” era parte natural del acercamiento humano”.
Qué bueno que sea una joven mujer que le advierta a los varones de su generación que mostrar interés por ellas no es rebajarse, perder poder o “quedar mal”, actitud errónea con la que se instala “una dinámica fría y dañina”. Las cualidades que Castillo observa en este nuevo hombre es que no escribe para no parecer interesado, no saluda para no quedar expuesto, no propone para que la mujer tome la iniciativa, no expresa sentimientos para no sentirse vulnerable, trayendo como resultado “relaciones confusas, frías y deshumanizadas”.
Castillo avala sus argumentos con un resumen de lo que han sido los valores reconocidos al hombre durante todas las civilizaciones anteriores a la que vivimos hoy, esa misma que el “progresismo” amenaza con derribar a mandarriazos, desde la más remota cultura grecolatina.
Celebramos que sea una dama inteligente que concluya en que este nuevo modelo “no ha liberado a la mujer; al contrario, le ha trasladado toda la responsabilidad emocional. Ahora es ella quien debe escribir primero, sostener la conversación, interpretar silencios, adivinar intenciones y, muchas veces, exponerse al rechazo sin reciprocidad”. Ojalá esta joven columnista continúe con el tema.